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ITALIAN - COLOMBIAN NETWORK
Organo Ufficiale della Associazione Italiani in Colombia - AICO
(P.G. Nro 375 Risoluzione 17 Giugno 2003)


     

150 Años de la unidad de Italia - II Parte
 
 
Entre los primeros recuerdos que afloran el más impactante es acerca de los trenes que salen y llegan en horario. Antes del “régimen” salían un cierto día, en una cierta hora, para llegar algunos días después o nunca. En lugar desde el momento del comienzo del fascismo salen precisos un viernes a las 11:02 y llegan a las 23:17 Siempre me he preguntado el porqué no se señalaba también los segundos.
La vida no cambia naturalmente en pocos días, pero indudablemente, pasito, pasito las cosas comienzan a mejorar; grandes obras son acometidas, por ejemplo el drenaje de los pantanos pontinos, que se vuelven campos de cultivos de gran rendimiento; redención de terrenos en el sur, en Campania, Puglia, Basilicata. Se proyectan y construyen carreteras nacionales (la mayoría, las más importantes echando asfalto sobre las grandes directrices romanas como la vía Aurelia y la Tiburtina). Roma cambia de aspecto rápidamente retornando a la grandeza de la vieja “imperial” en versión moderna, volviéndose pronto una meta de atracción internacional. Mussolini impone el viejo saludo “ave Cesar” con la levantada del brazo derecho, que se vuelve el saludo fascista (imitado después por Hitler y Franco) y vuelven de moda otros signos de las antiguas tropas romanas, lo cual da un aspecto absolutamente marcial y de orden viril a los italianos que fascinaban a las maduras damas británicas, las cuales bajaban por las costas maravillosas del tirreno, comprando villas desde Rapallo hasta Taormina, pasando por Calafuria, Formia, Sorrento, Amalfi, etc. Naturalmente no se salvan los grandes lagos de Como, Garda y Maggiore. Con la disciplina impuesta y el aniquilamiento de los sindicatos y de todas las izquierdas de opinión, las industrias surgen rápidamente en cuanto los capitales están protegidos y el flujo interno y desde el extranjero produce que Italia, aun no propiamente “imperial”, vuelva a una posición de una cierta relevancia en el conjunto mundial. Y una cosa muy importante: no más emigración desolada, famélica y humillante.
Obviamente el pasaje de izquierda a derecha no podía ser sin palizas y algún asesinato. La zona más roja es en Emilia – Romagna y en buena parte de Lombardía, cuna de la mayoría de los socialistas más importantes de la historia italiana. En la época no se hablaba de comunismo, todavía desconocido, y tenemos que llegar hasta los años 30 para empezar a darnos cuenta de su influencia; el fascismo y el clero no permitían por cierto una entrada fácil al país y sobretodo su progreso muy rápido en la expansión. De todas maneras el socialismo tenía muchos simpatizantes: el mismo Mussolini procedía de él y su doctrina se radicaba mucho en la política social.
Así aun en el mundo pequeño familiar podían existir luchas intestinas. Habiendo yo nacido en el mantuano estaba en plena zona roja: mi familia
Benito Mussolini
materna había emigrado en Brasil adonde, además, un núcleo de 2 o 3 parejas, con cada una de 12 a 15 hijos, en corto tiempo, no solamente se había instalado, mas había llegado a posiciones económicas, sobretodo rurales, de gran importancia. Me imagino, pero sin ninguna seguridad acerca de la fecha, que la que después hubiera sido mi abuela y que se había casado en Brasil con un hijo de italianos emigrados, pero nacido en loco, tomó la decisión de regresar a Italia. Como era costumbre en el lugar de partida. Se volvieron, también naturalmente rojos en cuanto todos los amigos lo eran. Nació mi madre que, en su tiempo, se enamoró del secretario comunal de la época, mi padre, que fue nombrado presidente de la “opera balilla” (una organización infantil del fascismo), así que cuando nací (sin saber si yo hubiera sido varón o hembra) ya tenía mi cedula de “hijo de la loba” (se refiere a la loba que amamantó a Rómulo y Remo… y era el primer escalafón de la organización). El hermano de mi abuela, mi tío, después de un tiempo se regresó a Brasil debido a que no soportaba a los fascistas (pero siempre he creído que lo habían “aconsejado” de hacerlo y velozmente); recuerdo perfectamente que la primera carta que llegó de Brasil escrita por él, al final de la segunda guerra mundial, acababa con la firma Odilón (era su nombre) “siempre parado con el puño en alto” que era el saludo de los socialistas.
Mi abuela y mi padre se han respectado siempre, así me han contado en cuanto mi papá murió cuando yo tenía 3 años, pero todo el mundo en la familia sabía que nunca lo había perdonado de haberla convencido de dar su “vera” (su argolla matrimonial) de oro cuando Mussolini convocó a todas la madres italianas a regalar sus joyas para comprar armas y seguir conquistando el imperio (en África). Nada de nuevo: los emperadores romanos lo habían hecho en muchas ocasiones exactamente por misma razón: para conquistar el imperio, pero mucho más grande.
Arena de Verona
Entre mis recuerdos hay lo del 10 de junio de 1940. Me acuerdo perfectamente la voz transmitida por enormes parlantes instalados en la Plaza Brá de Verona (la misma adonde domina aquella maravillosa construcción del enorme anfiteatro romano: la Arena), adonde vivía en la época, de Mussolini declarando la guerra a la Gran Bretaña. Yo tenía 7 años pero tengo muy claro el recuerdo de una inmensa multitud gritando y vitoreando, mientras el Duce aseguraba: “Vencer y Venceremos”. Más o menos al mismo tiempo el premier ingles proclamaba a sus conciudadanos que solo prometía “lágrimas, sudor y sangre”, pero añadía que “no crea Italia que por tener la forma de una bota, Inglaterra le hubiera servida de deretano” (una de las muchas formas para definir el… final de las espaldas).
Esta declaración de entrada en guerra no constituía una improvisación, de todas maneras. La situación en Europa había cambiado de manera dramática. Después de la primera guerra mundial, la Alemania derrotada, había caído en una postración total, execrada por todas las potencias y sin ya ideales de revivir. Hay que tener en cuenta que una derrota bélica era cuanto de peor podía suceder a un pueblo cuyos ideales venían de siglos de heroicos episodios de victorias. La renovación económica hubiera vuelto sin dudas pero no era tan importante como la situación moral. Es más que lógico que cuando aparece un personaje, que por el contrario apela a “los valores gloriosos del pasado teutón”, no puede que obtener un éxito inmediato; que habla de la mortificación recibida con el Tratado de Versailles (en esto estamos perfectamente de acuerdo), etc., etc., la adhesión de todo un pueblo es cosa hecha. El personaje era Adolf Hitler, un evidente “arrastrador de multitudes” (como lo era Mussolini) el cual sabía cómo y que decir en el momento oportuno. En el 1921 se vuelve Presidente del Partido Nacional Socialista de Alemania e crea las S.A. (Secciones de Asaltos), con las cuales en 1923 intenta un golpe de estado en Mónaco de Baviera, en cuanto austriacos de nacimiento. No tiene éxito y lo mandan a la cárcel adonde escribe el Mein Kampf, Mi Lucha, con la cual anuncia su política de ultra derecha, el Nazismo con su contenido de ultra nacionalismo. En 1933 a la muerte de Hindemburg, fue nombrado Canciller del Reich. Todo eso tiene el único fin de rendir justicia al pueblo alemán, el cual, aun no siendo de mi preferencia, tiene todo el derecho de ser comprendido acerca del porqué de algunas decisiones de masa.
Adolf Hitler e Benito Mussolini
Mientras tanto en nuestro País las cosas andaban siempre mejor. No es cierto que Mussolini fuera admirador de Hitler: por el contrario era éste el gran admirador del Duce. In cada caso los dos eran de derecha y amantes de sus pueblos. Situación que los llevó a ayudar el general Franco en la guerra civil de España, para luchar contra la izquierda interna y llegar a la consolidación de un régimen de derecha (1936/1939), lo que sucedió y que acabó con su nombramiento de “Generalísimo”.
Hitler, evidentemente en el apogeo de sus éxitos en patria, tenía una gana que le había quedado: quitarse la espina que había sido plantada a Alemania en el Tratado de Versalles, por lo cual, con toda tranquilidad y sigilo comenzó la segunda guerra mundial andando a la reconquista de los territorios que le habían quitado. Con una anexión “voluntaria” Austria se volvió prácticamente parte del Reich, retomó la Renania e invadió a Checoslovaquia y Polonia, todo eso mientras Mussolini ayudaba a España, lo que además significó una especie de “biombo” de manera de no mostrar con la derecha lo que hacía con la izquierda. Era también notorio que Londres (pero, tal vez, no tanto: no hay que olvidar que la Gran Bretaña ha sido siempre un reino e que Italia lo era también con Vittorio Emanuele III y todas la monarquías europeas eran de una forma u otra, emparentadas) y particularmente Paris non eran muy proclives a Roma (personalmente siempre he creído que De Gaulle era una emérito envidioso de Mussolini). Para destacar: que el entonces ministro de Relaciones Exteriores británico, Chamberlain, parece que en sus frecuentes viajes entre Londres y Berlín cuya razón era de aclarar con Hitler sus verdaderas intenciones y esto para evitar una segunda guerra mundial, en lugar de aclarar, embrollase las cosas aún más, sobre todo con relatos sobre los encuentros contrarios a la realidad en sus reingresos a Londres. Esto para que no se creyera que sus intervenciones no habían tenido éxito y por lo tanto una ineficiencia suya.
Dichas mentiras habrían orientado a Mussolini en forma absolutamente equivocada, hasta convencerlo a un cierto momento de estar en la obligación de tomar decisiones apuradas, como la de aliarse con Hitler. Sea prueba de dicha reticencia que cuando este último inició la persecución en grande de los judíos, Mussolini hospedó en la Villa Torlonia, su residencia, una familia judía para hacer entender abiertamente su posición al respecto. Londres no entendió o no dio suficiente valor al hecho, pero Hitler se dio perfectamente cuenta del gesto y prometió que habría ayudado a Italia en su conflicto con Albania y Grecia: lo que hizo con el envío de armas y soldados facilitando a Mussolini la invasión.
En 1940 se firmó el “pacto de acero” entre Berlín y Roma y en el mismo año Italia entró en pleno en el conflicto con el Tratado del Eje (Alemania, Japón e Italia).

 
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